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.¿Recuerdan ustedes la entrada del pasado 4 de enero Aprendices de brujo: la comisión de no sé qué de La Coruña?
La ilustraba con una fotografía sacada de la web de la Comisión por la Recuperación de la Memoria Histórica de A Coruña, y en la que aparecía nuestro rey Juan Carlos en el interior de un inodoro, con la tapa levantada. Evidentemente, mostré mi desagrado.
Pasados los días, he llegado a la conclusión de que estos señores, los de la Memoria Histórica como cobijo de complejos históricos y de mala leche, deben tener un pacto o similar con los sumideros de desechos humanos, cuyo representante más civilizado es el inodoro, wáter, taza del wáter o como quieran ustedes llamarlo en función de su formación, refinamiento, pudor o cualquier otra consideración que no viene al caso.
La cuestión es que ayer, en casa, enfrascado en solucionar, manual de instrucciones en mano, la inoportuna rotura de los engranajes que sujetan la tapa del inodoro al susodicho, vine a dar con mis casi cien kilos al suelo, de espaldas, y con mi cabeza golpeando el duro mármol. No por gusto, no, que la banqueta de tres patas que me soportaba se abrió como una florecilla ávida de sol dejando el vacío al aire.
Algunos minutos después, en el hospital, buscándome la punta de la nariz con el dedo índice izquierdo primero, y después con el derecho, con los ojos cerrados –así son los protocolos neurológicos–, pensaba en el inodoro republicano gallego descojonándose, mientras el rey en su balanceo esbozaba una ligera sonrisa y un chichón de respeto crecía y crecía...
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