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domingo, 27 de marzo de 2011

El final de un modelo

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Los padres de la Constitución de 1978: Gabriel Cisneros, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñon, José Pedro Pérez Llorca, Miguel Roca Junyent, Manuel Fraga Iribarne, Gregorio Peces-Barba y Jordi Solé Tura.
Tiempo es ya de comenzar a llamar a las cosas por su nombre y de encender candelas que iluminen a nuestros hombres y mujeres con el cerebro en condiciones para que inventen otra cosa.

Del mismo modo que en otras ocasiones en nuestra Historia, a pesar de los esfuerzos de las clases pensantes por variar el rumbo de los acontecimientos, sin conseguirlo, vivimos desde hace tiempo el final del modelo político surgido tras la muerte del general Franco.

Y no era mal modelo, vive Dios, pero ha generado desde dentro enfermedades graves que desde dentro del mismo no se pueden tratar ni curar. 

Una clase política numerosísima y agobiante, improductiva y enquistada en la sociedad, y que lleva a ésta a la ruina de dineros y principios al tener que atender a sus necesidades sin límite, es el principal problema al que se enfrenta España, siendo además el origen de todos los demás.

Regida esta clase por partidos políticos transformados en agencias de colocación y reparto del pastel nacional, cada vez está más lejos el que puedan ellos adoptar medidas correctivas que mermen sus prerrogativas y devuelvan la parte de soberanía secuestrada e irrenunciable que corresponde al pueblo español en su conjunto y a la sociedad civil en particular.

Mientras el protagonismo de la vida nacional siga en manos de la clase política y no de la sociedad misma no hay nada que rascar.

Y no creo yo que en el siglo XXI la solución pase por la ruptura violenta del sistema, que de violencias estamos todos más que hartos, sino que por el contrario y gracias a nuestra mayor formación y desarrollo, en inteligente comunión con las nuevas tecnologías, alguna forma tiene que haber, digo yo, de meter en vereda a los partidos políticos, única vía de participación ciudadana, y de expulsar de la sociedad al noventa y cinco por ciento de esa clase, a la que más le valiera sumarse a la tarea de trabajar. Aunque ello sea un castigo bíblico, qué le vamos a hacer.

Pues eso, que esto hay que cambiarlo ya, antes de que nos lo cambien manu militari.
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