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.A veces, que son pocas, cuando cae en mis manos un buen libro me emociono. Siendo niño, doce y trece años, me escondía en lo alto de la torre blanca de la misión aquélla, junto a las campanas, embebido en las historias de Navarro Villoslada y otros, que el padre Lucas me dejaba sacar de la biblioteca. Desde entonces los libros no me han dejado en paz y algunos de ustedes sabrán de lo que hablo.
Pero a veces, que son pocas, cae en mis manos un buen libro y me emociono. Uno no hace mucho me llegó de la mano de Luis Árias González, ese hermoso ejemplo de sabiduría e inquietud permanente en permanente lucha contra los elementos, propios y ajenos.
La noche de los mil días es la primera novela que leo ambientada en el Madrid rojo durante la Guerra Civil que, para mi grata sorpresa, no responde a lo que esperaba encontrar en ella. Los buenos o los malos, la política envenenada, el personal filtro que suele tintar la historia, máxime estas historias. Nada de nada. ¿Qué es entonces esta novela?
Con un lenguaje popular y al mismo tiempo muy culto, muy rico, el narrador no es el autor, ni un tercero disfrazado, ni alguno de los personajes que vienen y van como sin querer y sin remedio. El narrador es el mismo Madrid, cuyo espíritu parece que vuela y a vista de pájaro planea sobre unos y otros, por dentro y por fuera, sin mezclarse, sin mancharse de colores; sólo el gris de sus calles, que brillan cuando llueve, y el negro de la noche, las más de las veces apagada, sin luces y en silencio.
Y Madrid lleva la cuenta del tiempo, tan largo para muchos y para otros tan mínimo, que apenas alcanzan a ver ese millar de días enroscados, como una serpiente bíblica, en sus corazones. Y al final la noche pasa y amanece, siendo al tiempo noche el día que nace y Madrid lo sabe, y nos lo cuenta.
Ya me gustaría contarles todo, pero no les estaría haciendo un favor sino lo contrario. Y como no soy ni quiero ser crítico literario, tampoco les voy a contar la novela a su manera, que parece que están estreñidos, los pobres. Lo que no puedo callar es que el autor es Rafael Sánchez-Girón Blasco, para mí ya magnífico escritor y uno de los pocos que ha sido capaz de emocionarme y de obligarme a ser mejor.
Gracias y enhorabuena, Rafael.
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